Se deja de querer, y no se sabe

por qué se deja de querer:

Es como abrir la mano y encontrarla vacía,

y no saber, de pronto, qué cosa se nos fue.

 

Se deja de querer, y es como un río

cuya corriente fresca ya no calma la sed;

como andar en otoño sobre las hojas secas,

y pisar la hoja verde que no debió caer.

 

Se deja de querer, y es como el ciego

que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren;

pero ya sólo sabe que regresó por él.

 

Se deja de querer, y no se sabe

por qué se deja de querer...

J. A. Buesa